Relatos Premiados del I Certamen "No más turrón, por favor"
A continuación, os dejamos los textos del relato ganador, finalistas y Menciones. Esperamos que os gusten tanto como a nosotros.
RELATO GANADOR
Ponga a un pobre en su mesa, de Alicia Huecas Menéndez
Pertenezco a una prestigiosa familia. El cabeza, es decir, mi padre, es
un hombre con grandes influencias que se ha hecho a sí mismo. El
corazón, es decir, mi madre, es una mujer con una visión totalmente
distorsionada de la caridad.
Cada Navidad, desde que mis hermanos y yo somos pequeños, la mujer que
me dio la vida se empeña en quitármela. Y es que, para la cena de
Nochebuena, sienta a un pobre en nuestra mesa, tal y como lo vio en una
célebre película.
Durante años he sufrido esta peculiar costumbre, de niño con miedo, de
adolescente con fastidio, y de adulto al borde de un ataque de nervios.
Se sobreentiende que mi padre, mis hermanos y yo mismo, intentamos
explicar a mi extravagante madre lo absurdo de su comportamiento: que
la realidad no tiene nada que ver con las películas, que existen
multitud de maneras de ayudar a las personas desfavorecidas, que
odiábamos las fiestas gracias a ella, que cualquier año tomaríamos la
decisión de celebrar la Nochebuena fuera de casa…
Sin embargo, Navidad, tras Navidad, nuestra clemente y plácida madre hace oídos sordos a nuestras argumentaciones.
Recuerdo el año que nos tocó una tentadora mujer, aunque debería decir
eligió, pues es mi madre, según ella guiada por el brazo poderoso del
Señor, la que designa al comensal afortunado en la casa de acogida de
turno. La buena señora no paró de guiñar el ojo a mi padre mientras las
pasaba canutas con un crustáceo. El animalejo marino acabó hecho
virutas salpicadas en todas partes, mantel, invitados, cuadros,
tapices, cortinas, paredes…Parecía una escena sangrienta de una
película de la mafia, ya que el bicho antes de ser desguazado nadaba en
abundante salsa de pimentón.
Quiero hacer un inciso y declarar en calidad de hijo
desnaturalizado,(ella se encargó de mi metamorfosis con denuedo), que
ésta maternal filantropía en verdad es una tortura subliminal y
despiadada. Mi madre somete a sus famélicos invitados sin piedad pero
con caridad, a la ingesta de inusitados manjares, motivada por su
fascinación por la cocina exótica internacional: Caracoles con gambas
en leche de coco, estofado de cacahuete con croquetas de guisantes
negros, sesos al curry, lengua de reno en gelatina de aguacate, pescado
crudo en salsa de soja, algas con almendras, aleta de tiburón al
daiquiri, etc.
Si cenaran en el albergue saciarían su hambre con creces. ¡Pobres!
Volviendo a las incitadoras indigentes, lo cierto es que mi padre era
un gran seductor de menesterosas. Una lo mantuvo dando saltitos toda la
cena debido a traviesos pellizcos propinados debajo de la mantelería
china. Otra, se relamía una y otra vez haciendo acrobacias con la
lengua al tiempo que lanzaba un extenso repertorio de miradas lascivas
(o quizá le gustaban las ancas de rana salteadas con ojos de esturión,
no sé).
La más descarada de todas fue una rolliza pelirroja que simulaba el
desplome repentino de cubiertos y se metía debajo de la mesa (después
de los años deduje lo que allí ocurría evocando las caras que ponía mi
padre y que no supe interpretar en aquellos años de tierna y acojonada
infancia).
A todo esto mi madre seguía en su órbita, que no era la terrestre, encantadísima de conocer a la nueva damnificada.
Peor que las seductoras fueron los ruidosos. Difundían meteorismos de todo tipo y origen. Para qué especificar.
Los nerviosos, irritables, perturbados, obsesivo - compulsivos con tics de todas clases nos mantenían en un estado de terror toda la velada navideña. Un pobre hombre que padecía un síndrome de nombre imposible se tiró toda la noche exclamando, ¡hijo puta! ¡Cabrón! Él tenía disculpa, sufría de espasmos involuntarios, otros que también nos lo llamaron lo que sufrían era de conciencia de clase.
Los predicadores se dedicaban a dar monsergas siempre de la misma
temática: los desheredados de la tierra. Mi hermano recibió un
contundente puñetazo de un exaltado porque exclamó: “Bueno, hombre,
nosotros no tenemos la culpa”. Desde entonces, escuchábamos todos los
discursos propagandistas sin decir ni “mu”.
Los irónicamente bautizados melindrosos rechazaban tajantemente la
comida (no me extraña).En su lugar ingerían grandes cantidades de vino
y champán con lo cual terminaban borrachos como cubas. A unos les daba
por cantar, a otros por llorar, a otros por vomitar. Los que
interaccionaban con nosotros nos besaban, nos abrazaban, nos amaban,
nos increpaban…
Y así sucesivamente… ¡Un interminable rosario que aún perdura!
Este año parece ser que le toca el turno a un emigrante. “Uno de esos
negritos sin papeles y con patera”. Ha dicho mi desorbitada y
vergonzante madre.
Yo me pregunto si sabrá lo que es una patera, si por lo menos preparará
comida africana, si sabré contestar a mi hijo que este año ya tiene
edad de hacer preguntas y si no existirá una manera de acabar con todo
esto de una vez.
Pero, lo que siempre he querido saber es cómo nunca llegó a filtrarse
en la prensa una noticia con el siguiente titular: “La primera Dama del
Estado sienta a un pobre en su mesa de Navidad”
Probablemente mi padre lo haya impedido para evitar el testimonio escalofriante de alguna de las invitadas desinhibidas.
Aunque de la costumbre de mi padre de impedir cosas preferiría no hablar.
RELATOS FINALISTAS
Dime niño de quién eres, de Julián F. Fuentes
Entonces la pastora dijo:
“Míralo. Igualito, igualito que su padre”.
Y San José, ocultándose tras la mula, frunció el ceño.
Líder de audiencia: de Rosa María García Barja
Atrincherada en su casa, la Lola.
Dueña de los cuatro metros cuadrados de cárcel aparente. (Llámese cocina)
Atrincherada, si, para no ver el mundo que pasa tras la cortina de humo.
-Se queman las lentejas-
Es la tele una ventana con botones que desabrocha su curiosidad.
Por eso va desnuda desde muy temprano.
Hablan y ella escucha.
Siempre escucha en todos los idiomas que se expresa la soledad.
Estaba decidida, pasaría al otro lado de la pantalla un día de estos.
Sería la nota discordante de la Navidad.
…Ensayó una sonrisa mientras se electrocutaba montando el arbolito.
Tontamente.
Solo para ser la protagonista en los telediarios.
MENCIÓN DE HONOR
Cumbre Navideña, de María del Carmen Guzmán
Santa Claus de U.S.A., Papá Noel de Francia, los Reyes Magos de España, San Nicolás de Suecia, la Bruja Befana de Italia, y otros representantes navideños de diferentes países decidieron celebrar una cumbre. Después de un largo debate, discusiones, propuestas y enmiendas, llegaron a un acuerdo.
Pero al final, los de siempre se quedaron sin juguetes.
Una confesión en Nochebuena, de Rubén Martín
Lo anunció en los turrones de la cena. Maite, violentada, bajó la mirada al escuchar el discurso atropellado de su marido.
Ella hacía años que lo intuía. En un silencio de estómagos anudados, barquillos y almendras ocuparon los nerviosos de los presentes. Compulsivos, entrando con desgana.
Desencajados, sus tíos interpretaron el último brindis antes de
irse, improvisando la excusa de la hora para las personas mayores.
Rebufando indignado, el padre de Jaime se hundió en el sillón frente a
una gala del televisor. Turbadas, Maite y su suegra se
buscaron en el fregadero de la cocina.
Sentado a solas junto a las sillas corridas de la mesa de Nochebuena, Jaime aseveró para sus adentros: "Tenía que contarlo. Es lo que soy".
Pulsa en el enlace para leer el resto de los cuentos:
Rey robot, de Claudio Amodeo
Seguimos el rastro marcado por InteliSat y arribamos al desarmadero
como estaba previsto, para la medianoche del 24. La oscuridad reinaba y
debimos mantener una alerta constante.
Un chillido agudo y débil, como el de una bestia malherida, nos orientó. El monstruo estaba cerca.
Avanzamos, sigilosos, hasta alcanzar una herrumbrosa sala de máquinas.
Allí dentro, las sombras nos jugaron bromas macabras, pero no
desistimos. Rodeamos un gigantesco rotor dormido y hallamos a los dos
androides fugitivos temblando de miedo.
Wizatron había acertado: era la noche del alumbramiento.
Intentaron ocultar al engendro, pero la falta de parte de sus cerebros
electrónicos los delataba: con ellos habían realizado la fusión, habían
dado vida al monstruo; a aquel que, según Wizatron, sería el rey de los
androides, el nuevo Mesías, un dios encarnado que liberaría a su pueblo
y subyugaría a la humanidad.
Apunté mi fusil y disparé sin vacilar.
Una Nochevieja de muerte, de Toñi Sánchez Verdejo
Un 31 de diciembre a la muerte se le ocurrió tomarse el día de descanso. Pero como su trabajo tenía que hacerse de todos modos, se planteó delegar su tarea en alguna muerte auxiliar, así que llamó a la que se ocupaba de la extinción de los animales, muerte que hasta la fecha había cumplido muy bien su cometido.
La muerte auxiliar estaba nerviosa ante la responsabilidad que se le
venía encima, pero contenta por haber sido convocada para tal fin.
- De matar, no tengo nada que explicarte –le dijo la muerte titular-
así que tienes que ir a tal país que está en guerra y acabar con unas
veinte o treinta mil vidas. Por lo demás, no te preocupes. Confío en
que sabrás hacerlo bien. ¿Tienes alguna duda?
La muerte pequeña era bastante ignorante y tenía todas las dudas, pero
se limitó a callar, no sea que la tomaran por tonta. Si se hubiera
atrevido, habría preguntado qué era “guerra” y dónde estaba aquel país.
Pero lo que hizo, sin preguntar ni mirar mapas, fue coger su guadaña y
dirigirse a la Tierra.
Y empezó a deambular de un sitio a otro por todo el mundo hasta que llegó a la península Ibérica, lugar que conocía de sobra por sus incursiones en pos del lince; más concretamente llegó a la Puerta del Sol de Madrid, que a las 11 y pico de la noche hervía de gente. Decidió que aquella aglomeración comportándose de tan extraña manera correspondía a su imagen mental de “guerra”, así que dio por terminada su búsqueda.
Como estaba cansada y era muy descuidada, se materializó entre la marabunta en su traje típico, sudario y guadaña, tan medieval y antigua como era ella. De quienes se cruzaba con ella, recibía piropos audaces y sonrisas, pues estaba tan propia con su sudario negro cubriendo el esqueleto, que a fuerza de auténtica la tomaron por falsa. Y hubo quien le ofreció unos tragos de cava que la muerte aceptó sin remilgos, bebiendo a morro de la botella. Y trago a trago, risa a risa, la muerte novata se embriagó de tal manera que, a las 12, cuando empezó la algarabía de las uvas, la pobre estaba agarrada a un semáforo para no caer. Pero entre los petardos y los gritos recuperó pronto el ánimo; pensó que la guerra empezaba y que era el momento de su trabajo. Pues así hizo, primero torpemente, después más segura, empezó a segar vidas, todas cuantas encontraba a su paso. Y cuanto más lo hacía mejor se le daba, ya que es con la práctica se logra la maestría y esta muerte no era manca, ni torpe, así que en un momento acabó con todo el personal de la Puerta del Sol, dejando a los televidentes atónitos, pues lo que allí sucedía lo estaba viendo en directo toda España. Y hubo muchos que pensaron que era un montaje, quizás el mensaje subliminal de ciertos políticos de la oposición que ya empezaban a hacer campaña, pero lo cierto es que en la Puerta del Sol de Madrid en menos de media hora no quedó nadie con vida.
Mientras tanto, ajena a todo aquel desastre, la otra muerte pensaba, saboreando su día libre, que si la experiencia de delegar tareas le salía bien y quedaba satisfecha, podía poner una escuela de muertes y tomarse unas largas vacaciones por primera vez en su muerte.
Duelo a muerte en el portal de Belén, de José Ramírez
Gaspar y Melchor se desplazaban con cautela entre las silenciosas
tiendas y los apagados escaparates del inmenso centro comercial. Eran
las dos y diez de la mañana y los dos hombres mostraban un rostro
ceñudo y profundamente concentrado. Gaspar llevaba una Smith&Wesson
semiautomática, con una capacidad para ocho balas de 9mm, con un
alcance efectivo de 50 metros. Melchor portaba, una en cada mano, dos
Walter P–22 Target de cañón extra largo de 127mm, calibre .45 y
cargador con capacidad para diez tiros. Quería estar seguro de tener
suficiente munición para acabar con su enemigo.
– Según los últimos informes, el gordo rojo vendrá aquí esta noche para
hacer un muestreo de las últimas tendencias en juguetes y regalos.
Estará solo, y como lleva el trineo vacío, sólo traerá a esa mala
bestia de Rudolf con él. Baltasar se encargará del maldito reno –dijo
Melchor en voz baja.
– Espero que los informes sean fiables –respondió Gaspar.
– Lo son, tenlo por seguro. Nuestra fuente ya nos ha demostrado otras
veces su fiabilidad. Además, ya sabemos de años anteriores que unos
días antes de Navidad el gordo visita los grandes centros comerciales
en varias ciudades importantes. El muy cabrón siempre ha estado un paso
por delante de nosotros en cuanto a estrategias de marketing. Más de la
mitad de su ejército de aborrecibles duendecillos se dedican
exclusivamente a hacer estudios de mercado y proyecciones de ventas.
Ese es uno de los factores que han hecho que, en los últimos cincuenta
años, hayamos perdido terreno frente a él de una manera constante. Cada
vez son más las personas, sobre todo los niños, que les piden sus
regalos a Santa Claus, y no a los Tres Reyes Mayos. Pero eso se acabó,
este año va a ser el último que el rojo panzón nos hace la puñeta.
Vamos a acabar con él de una vez por todas. Nuestra espía nos pasó la
información hace dos días. Esta noche el gordo vendrá aquí y nosotros
le estaremos esperando –dijo Melchor con una cruel sonrisa en el
semblante.
Los dos magos doblaron con cautela la esquina de uno de los pasillos del enorme edificio comercial.
– ¿No nos encontraremos a alguno de los guardias de seguridad? –preguntó Gaspar.
– No te preocupes. Aquí no hay guardias durante la noche. La seguridad
la controlan a través del circuito interno de cámaras de televisión.
– Entonces podrán vernos.
– Si, por supuesto. Pero trata de explicarle a la policía que has visto
a los Tres Reyes Magos, armados con pistolas, asaltando de madrugada un
centro comercial –replicó Melchor con sorna.
Gaspar le devolvió una sonrisa de complicidad.
Caminaron despacio por la tercera planta del edificio, donde se
encontraban la mayoría de las jugueterías y tiendas de artículos
infantiles.
– Ese cabrón debería de andar por aquí –comentó Melchor–. A fin de
cuentas esta es la sección que más le interesa. Espero que no…
El tableteo de una ametralladora retumbó en el silencio de las
galerías. Los escaparates detrás de Melchor y Gaspar estallaron en
miles de fragmentos de cristal que cayeron al suelo con una extraña
musicalidad.
– ¡A cubierto! –gritó Melchor–. ¡Corre!
Melchor levantó la mano y disparó tres rápidos disparos sobre el
escaparate de una tienda de ropa y accesorios para embarazadas. El
cristal se hizo añicos. Los dos magos se lanzaron al interior de la
tienda y se parapetaron detrás del mostrador.
– ¡El maldito tiene un subfusil ametralladora! –exclamó Melchor con
rabia–. Por poco nos deja fritos el hijo de mala madre. ¿Te das cuenta
Gaspar? El gordo va armado y nos ha sorprendido. Eso quiere decir que
nos estaba esperando. ¿Cómo es posible que haya sabido…? –Melchor miró
a su compañero–. ¡Oh Dios mío, Gaspar! ¡Gaspar!
El fornido rey blanco estaba tendido en el suelo, la cabeza apoyada
contra el mostrador de la tienda. Una mueca de dolor desfiguraba su
rostro y respiraba con dificultad. Se agarraba el pecho con una mano
crispada. Gruesos hilos de sangre caliente se escapaban entre sus dedos.
Melchor se dio cuenta que su compañero tenía varios impactos de bala.
Además de la herida en el pecho, Gaspar sangraba por el hombro, la
cadera y el muslo. Su cara tenía un ceniciento color pálido.
– Me… me ha alcanzado Melchor –dijo Gaspar con esfuerzo. Tosió con
violencia y una bocanada de sangre oscura manchó su siempre impoluta y
radiante barba blanca.
El horror se dibujó en la cara de Melchor.
– No te preocupes Gaspar. No es tan malo como parece –dijo el pequeño
rey mago de tez cetrina sin demasiada convicción–. Sólo tienes que
aguantar un poco. Acabaré con ese gordo hijo de puta en un minuto y te
llevaré enseguida a un hospital. En unos días estarás como nuevo.
– Me parece que estas Navidades no voy a poder ayudaros con el reparto de regalos –la voz de Gaspar era apenas un susurro.
– No digas tonterías Gaspar. Aguanta hombre. Saldremos de esta.
Gaspar intentó hablar de nuevo, pero ningún sonido salió de su
garganta. Emitió un último estertor y dejó de respirar. Su cuerpo se
relajó y su cabeza cayó desmayadamente sobre su pecho.
Melchor se quedó durante unos minutos en silencio, de rodillas junto al
cuerpo de su compañero. Gruesos lagrimones rodaron por su moreno
semblante.
Apretó los dientes con fuerza y agarró sus armas.
Una risa estridente y profunda resonó en las amplias galerías del centro comercial.
– ¿Qué os ha parecido la sorpresa, reyezuelos? Apuesto a que no os
esperabais esto – gritó Santa Claus desde el fondo del pasillo.
Melchor salió de la tienda andando muy despacio. Su rostro era una
máscara de hierro. El odio y la determinación brillaban en sus pupilas.
Se plantó en medio del pasillo, las piernas ligeramente abiertas, los
brazos a lo largo del cuerpo con las enormes pistolas en la mano.
– Sal y da la cara si te abreves, gordo del demonio –retó Melchor.
El eco de las pisadas retumbó como zambombazos en los oídos de Melchor.
Papá Noel se paró al otro lado del pasillo, desafiante; una cínica
sonrisa deformaba su oronda cara. Llevaba su traje habitual, rojo y
blanco. La blanca borla de su gorro resultaba incongruente con el
moderno fusil Kalashnikov AK–47, calibre 7.62mm y cadencia de disparo
de 600/minuto, que portaba cruzado sobre el pecho.
– ¿Dónde está tu amiguito Gaspar? –preguntó.
– Ha muerto –espetó Melchor.
– Vaya. Cuanto lo siento. Bueno. La verdad es que no lo siento en
absoluto. De hecho, esa era mi intención cuando disparé –rió el de rojo.
– ¿Cómo sabias que veníamos? –preguntó Melchor con amargura.
– La puta que colocasteis entre mi gente no trabajaba para vosotros.
Trabajaba para mí. Era un agente doble. Me informó con todo detalle
acerca de vuestros planes para esta noche. Al principio pensé
simplemente en no aparecer, o irme a otro centro comercial. Pero luego
decidí que era mejor esperaros y prepararos una sorpresita. La verdad
es que estoy cansado de esta estúpida competencia que mantenemos desde
hace siglos. Me pareció una buena oportunidad de acabar de una vez por
todas con esta enojosa situación.
– Maldito cabrón.
– Vamos, vamos, Melchor. ¿Dónde está tu profesionalidad? Sois vosotros
los que habéis tratado de matarme. Y la verdad, me parece patético.
Estáis acabados. Habéis ido perdiendo terreno sin parar en los últimos
años. Vuestro final es irremediable. Lo de esta noche sólo es un
desesperado intento que confirma vuestro fracaso. Las Navidades son
mías, cada año más. Pronto los Tres Reyes Magos sólo serán un borroso
recuerdo– señaló Santa Claus con orgullo y desprecio.
– ¡Nosotros llegamos primero! Durante siglos hemos sido el símbolo de
la Navidad en la mayor parte del mundo civilizado –chilló Melchor.
– ¡Pero no habéis sabido manteneros en la cima! – replicó Santa con
rabia – Podíamos haberlo hecho juntos; podíamos habernos ayudado. Pero
no, erais demasiado egoístas, queríais la gloria para vosotros solos.
Ahora yo soy el símbolo de la Navidad.
Los dos hombres se miraron el uno al otro con odio durante lo que
pareció una eternidad pero que no debió de ser más de unos segundos. El
silencio se cristalizó entre ellos en el pasillo del centro comercial.
– ¿Dónde está Baltasar? – preguntó al fin Melchor.
– Mi querido Rudolf lo estaba esperando en la azotea del centro
comercial. Rudolf es una excelente mascota, ¿sabes? Tiene capacidades
que no te puedes imaginar. A estas alturas, el jodido negro estará
haciéndole compañía al bueno de Gaspar.
Melchor lanzó un alarido de rabia, levantó los brazos, apuntando con
sus armas al hombre de rojo, y se lanzó en una frenética carrera hacia
su enemigo, sin dejar de disparar ni de gritar. Santa Claus levantó la
ametralladora, afianzó los pies en el suelo y sin tan siquiera
pestañear apretó el gatillo.
Los 7.62mm del Kalashnikov hicieron bailar en el aire el pequeño cuerpo
de Melchor. Varios de los proyectiles afectaron casi simultáneamente a
diversos órganos vitales, causándoles daños irreversibles. Antes de
caer al suelo, el rey mago estaba muerto.
Una de las balas calibre .45 de la Walter de Melchor impactó en el
cuello de Santa, pulverizó su nuez de Adán, le desgarró la laringe y
destrozó la cuarta y quinta vértebras cervicales al salir por el cogote.
El gordo se llevó la mano al cuello. Copiosos borbotones de sangre
manaban sin cesar de la horrible herida. Intentó respirar, pero sólo
consiguió que más sangre manara de su boca. Comprendió que era el
final. Cayó con pesadez al suelo, estrellando la cabeza sobre las
pulidas baldosas del pasillo. Al cabo de un minuto dejó de moverse.
A la mañana siguiente la luz del ascensor se encendió en el tercer
piso. La puerta se abrió y del cuadrangular espacio salió una mujer
vestida con un mono azul pálido empujando un carrito que portaba
diversos utensilios de limpieza. Se quedó un momento parada, lo ojos
abiertos como platos ante el espectáculo que se ofrecía ante ella.
-Malditos vándalos, ya han vuelto a asaltar el centro comercial durante la noche- refunfuñó para su coleto, a ver quien coño limpia ahora todo esto.




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